Y desde entonces, cada viernes hace dos copias: una en papel, una en la nube. Porque hasta el papel más viejo puede tener un segundo acto… si alguien se atreve a buscarlo.

Revisó la computadora. Nada. Preguntó a todos. Nadie la había visto.

El pánico se esparció como un malentendido. Sin la planilla, no podía pedir la transferencia al banco. Sin la transferencia, el lunes nadie cobraría. Doña Clara, la de limpieza, necesitaba ese dinero para el medicamento de su madre. El joven Miguel, para la cuota de la universidad. Y Gregorio… para demostrar que aún servía para algo.

El lunes, cuando todos recibieron su sueldo justo, nadie supo del susto. Solo don Gregorio, al cerrar el cajón, le susurró a la planilla impresa: —Nunca más te dejo sola.

Pero un viernes, al abrir el cajón, la planilla no estaba.